Hola, extraño.

Tiene mucho tiempo que no coincidimos en el mismo espacio. A veces me pregunto que pasaría si nos conociéramos hoy. ¿Nos amaríamos de la misma manera en que nos amamos hace tantos años?

No soy la misma persona que conociste hace algunos años. Mis flores favoritas ya no son las gerberas y mi corazón ya no se emociona con los poemas que alguna vez compartimos. Solía detestar a Van Gogh y el día de hoy no pasa un día sin que vea sus girasoles y sienta su tristeza a través de las pinceladas. Mi canción favorita ha cambiado al menos una docena de veces y aquellas que cantábamos a todo pulmón hoy no las puedo escuchar.

Tiene un par de años que dejé de pintar y ya no me avergüenza cantar frente a extraños. Mis libros favoritos me aburren hoy, hay actores que ya no soporto y personas que amaba y han olvidado mi nombre.

Pero supongo que hay cosas que siguen igual. Aún me asustan los truenos y la oscuridad, sigo siendo terrible al volante y todavía no sé estacionar en paralelo. Lloro con las mismas películas que antes y también me muevo con mi control en los videojuegos. Todavía no puedo pronunciar Bethlehem y conservo los souvenirs de nuestro pasado.

Sin embargo, en todo este viaje de personalidades, la mayor constante es que las letras que mis manos escriben siguen siendo tuyas.  Toda mi creatividad consiste, en menor o mayor medida, en ti. No has dejado de ser un tema recurrente en mis escritos y por más que me gustaría escribir acerca de otra cosa, nuestra historia demanda ser contada. Ahora, no estoy segura de llamarle poemas y prosa a lo que escribo acerca de ti, quizá un título más apropiado sería leyenda; a veces no estoy segura de si realmente existimos de esta manera o solo es mi mente idealizando lo que pudo haber sido… Pero si de algo estoy segura es que ya no somos la realidad que plasmo en letras.

Lo que intento decir, no solo es que no soy la persona de la que te enamoraste, sino que no soy la persona que se enamoró de ti.

Un amor efímero no siempre es una contradicción.

Me salvaste la vida.Te conocí una noche de baile, mientras sonaba mi canción preferida y la pasión en tu voz me hizo saber que eras especial. Yo era la chica con el corazón roto y el alma empapada de lagrimas y tú eras el chico con la sonrisa más brillante que Sirio. Intercambiamos números en lugar de apellidos y me enamoré de ti por un par de meses; hasta que una mañana, cuando había aprendido a mantenerme en pie, me marché.

Convertiste los peores días de mi vida en días llenos de luz, de risa y camaradería; me hiciste sentir algo, alguien. Me enseñaste el valor de una sonrisa a tiempo, contestaste mis llamadas cada madrugada y me abriste las puertas de tu casa y tu corazón sin dudarlo ni un segundo. Estar contigo era entrar en una burbuja de felicidad, escucharte era mejor que releer mis poemas favoritos y si bien tus labios tenían un sabor efímero, siempre me hiciste sentir eterna.

Me regalaste la perspectiva más hermosa del universo y sus estrellas y aunque logré distinguir el dolor en tus ojos, jamás bajaste la cabeza. Estuviste a mi lado cuando ni yo estaba conmigo y me hiciste sentir que no todo estaba perdido. Me diste el valor que necesitaba para salir de la cama cada mañana. 

A tu lado fue la primera vez que fui egoísta. Tú me lo permitiste y siempre estaré agradecida por eso.

Me dejaste ir sin decir adiós y aunque siempre lo lamentaré, tu parte en mi historia estaba terminada y yo solo fui un momento en la tuya. Así que gracias, por llegar a mi vida en el momento perfecto, por no esperar nada de mi, por no intentar detenerme cuando me marché y por salvarme la vida incluso cuando estabas luchando por mantener la tuya.